Perder peso va más allá de la voluntad… y la genética
A diferencia de lo que se cree, la obesidad es un desafío multifacético que va más allá de la biología y, en cambio, se adentra en el terreno político y social. Desde hace casi un siglo, expertos médicos han advertido sobre los riesgos asociados con el exceso de grasa corporal, especialmente la grasa abdominal, que está estrechamente vinculada con enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos continuos y las campañas de concientización, los índices de sobrepeso y obesidad siguen siendo preocupantemente altos en todo el mundo, afectando a aproximadamente el 10% de la población global.
¿DE QUIÉN ES LA CULPA?
El Dr. Federico Soriguer, destacado endocrinólogo y miembro de la Academia Malagueña de Ciencias, en España, señala que gran parte del fracaso en el control de la obesidad recae en la ineficacia de los programas de salud pública. Existe una brecha entre el enfoque clínico, que trata los casos de obesidad individualmente, y el enfoque poblacional, que analiza la situación general de la prevalencia en la sociedad. Esta disparidad resalta la necesidad de políticas públicas más efectivas que aborden no solo los aspectos biológicos, sino también los económicos, culturales, geográficos y climáticos que contribuyen a la obesidad.
En este sentido, las perspectivas sobre cómo abordar el problema varían. Por un lado, está la perspectiva neoliberal, que enfatiza la responsabilidad individual y la fuerza de voluntad para mantener un peso saludable. Por otro lado, está la perspectiva social, que reconoce que la obesidad es un fenómeno complejo y multifactorial, influenciado por factores socioeconómicos y ambientales. En este contexto, se han propuesto medidas como impuestos a las bebidas azucaradas, restricciones a la publicidad de alimentos no saludables dirigida a los niños y políticas para hacer que las frutas y verduras sean más accesibles para todos.
La investigadora Rosa Baños, experta en variables psicológicas y conductuales relacionadas con la obesidad, enfatiza que la sociedad no ha «tirado la toalla» en la lucha contra la obesidad, pero la falta de políticas públicas efectivas y enfoques integrales ha dificultado que las personas puedan abordar el problema de manera adecuada.
EL LADO OSCURO
El mundo de la nutrición y la lucha contra la obesidad está plagado de desafíos y dilemas que van más allá de lo meramente biológico. Uno de los aspectos más problemáticos en este campo es la desconfianza generalizada hacia las dietas y los profesionales de la nutrición, además de los mitos arraigados, como creer que todas las calorías son iguales, cuando, en realidad, el tipo de alimento importa tanto como las calorías. Estos conceptos erróneos dificultan el camino hacia un peso saludable.
Además, un tema candente es la influencia de intereses externos en la información nutricional: la industria del azúcar ha tenido un papel influyente en la manipulación de datos sobre obesidad y enfermedades cardíacas, desviando la atención hacia otros factores y minimizando la importancia del azúcar. Esto ha llevado a una confusión generalizada sobre qué alimentos son realmente saludables y cuáles no lo son tanto.
Por si fuera poco, el aumento del consumo de alimentos ultra-procesados ha coincidido con cambios significativos en nuestra forma de comer y relacionarnos con la comida. La comida rápida y los alimentos pre-cocinados se han vuelto omnipresentes en una sociedad marcada por el estrés y la falta de tiempo para cocinar. Esta tendencia no solo afecta nuestra salud física, sino también nuestra salud mental, ya que tendemos a asociar la comida con emociones positivas, como la felicidad, lo cual puede llevar a hábitos alimenticios poco saludables y al temido efecto “yoyó” en el peso corporal.
UNA CRISIS GLOBAL
Los últimos datos de la OMS calculan que 3 de cada 10 habitantes del planeta sufren sobrepeso, y más de 796 millones, obesidad. A pesar de las cifras, son muchas las voces que lamentan que se hable más de comer en exceso que de ausencia de alimentos, algo que afecta a numerosos puntos críticos del mundo. Sin embargo, los números no mienten: los individuos con obesidad —considerada por la OMS como una forma de malnutrición— superan hoy a las víctimas de la hambruna.
El asunto cobra una especial dimensión en los países en vías de desarrollo, donde es frecuente que los casos de kilos de más y desnutrición coincidan en un mismo núcleo familiar. “La obesidad es el síntoma de un malestar social provocado también por el cambio climático, dentro de lo que The Lancet denomina ‘sindemia global’”. señala Soriguer. Entre las conexiones del desastre medioambiental y el sobrepeso, la prestigiosa publicación médica destaca el hecho de que, si las sequías y fenómenos meteorológicos extremos afectan a la agricultura, subirán los precios de frutas y verduras, influyendo tanto en la obesidad como en la desnutrición. “Pero es más fácil soñar con una píldora milagrosa que cambiar el modelo de sociedad…”, critica el endocrino y académico.
Mientras llega o no la transformación, la capacidad de acción individual está sostenida por la evidencia científica, que determina que la dieta mediterránea es un escudo contra el sobrepeso y, a su vez, un elemento a favor de la sostenibilidad, según la FAO. Y quizá hoy sea el día para empezar a abrazarla. De hecho, estudios sobre el impacto en la dieta que tuvo el SARS en la sociedad hongkonesa en 2004, sugieren que uno de los legados del COVID-19 podría ser, a medio plazo, la motivación de hábitos saludables, impulsando el abandono del tabaco y la adopción de actividades físicas al aire libre, además de llevarnos a velar más por la dieta propia y la de nuestros cercanos. En la obesidad, como ocurrió en la pandemia, en equipo casi todo funciona mejor.
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